
Un 29 de septiembre, pero en 1976, eran cercados en un operativo del ejército militantes de Montoneros. Resistieron durante horas en notoria desventaja. Fue en la calle Corro, en el barrio porteño de Vélez Sársfield. Cinco murieron, cinco sobrevivieron. En estas calles se desplegó el aparato genocida. Pero también en estas calles se combatió. Aquí, en septiembre; cuando florecen todos los naranjos, todos los jazmines.
La masacre
El 29 de septiembre de 1976, hace cincuenta años, la dictadura genocida llevaba adelante lo que se conoció como “la masacre de la calle Corro”. El aparato represivo desplegó un operativo descomunal para atacar una vivienda, ubicada en la calle Corro 105, en el barrio porteño de Vélez Sarsfield, en el límite con Villa Luro: dos centenares de hombres armados, incluyendo una tanqueta y un helicóptero, rodearon la casa, coparon azoteas, cortaron las vías del tren. En la casa se encontraban sus dueños y, reunidos clandestinamente, militantes del secretariado político de Montoneros, que resistieron el ataque. Cinco cayeron en combate, cinco sobrevivieron. Entre los muertos en este operativo se encuentran María Victoria Walsh, “Vicky”, hija del también militante y escritor Rodolfo Walsh; José Carlos Coronel; Alberto Molinas; Ismael Salame; Ignacio José Bertrán. Sobrevivieron Luci Gómez, dueña de la casa; sus dos hijas, Milagros y Maricel Mainer, esta última embarazada de cuatro meses; Juan Cristóbal Mainer y Ramón Baravalle. Todos ellos fueron secuestrados. También sobrevivieron dos menores de edad: Milagros Mainer, a quien el día del asalto, su madre había llevado a la escuela poco antes de que se desatara el ataque principal -por lo que no se encontraba dentro de la casa durante la masacre- y Victoria María Costa Walsh, bebé de un año y tres meses, que fue protegida de los disparos por su madre Vicky y los ocupantes de la vivienda.
Las crónicas periodísticas y las fuentes judiciales recogen el desenlace del combate: al verse rodeada y agotadas sus municiones, Vicky prefirió poner fin a su vida antes de caer en manos de los torturadores. “Fue una decisión madurada (…) una última victoria sobre la barbarie”, escribiría su padre.
Una casa de barrio
En la esquina de Yerbal y Corro no hay placas ni señalización oficial. Pero las manos de militantes han hecho pintadas, colocado carteles, flores y fotos más de una vez. Existe una comisión barrial por la Memoria de Liniers, Mataderos y Villa Luro, y anualmente una marcha que recorre el circuito de los CCDTyE “Orletti-Olimpo” pasa por la casa y mantiene viva la historia de quienes allí combatieron. Por estos días, a pocos metros de la casa, un enorme cartel publicitario reza “Cuneo-Rucci: bajo el mismo paraguas”. Los carteles que rescatan la memoria de Vicky Walsh, hechos a mano, contrastan en forma y contenido. Signo de los tiempos. “El verdadero cementerio es la memoria. Ahí te guardo, te acuno, te celebro y quizá te envidio”, le escribió su padre en una bella e imprescindible carta de despedida al conocer su muerte. El barrio también la guarda en la memoria. Y, de tanto en tanto, se reúne para homenajearla en aquella esquina.
La cifra de la impunidad
En marzo de este año, a cincuenta años de la masacre, se inició el juicio a parte de los autores materiales. Unos poderes político y judicial corrompidos, que ya ni se esfuerzan en ocultar los hilos que conducen desde el poder económico hasta sus manos y sus lapiceras, demoraron medio siglo en juzgar esos crímenes. La pelea social por memoria, verdad y justicia; la presión de organismos de DD.HH. y familiares, la presencia de abogadxs y militantes, logró que esta causa avanzara. Patricia Walsh, hija de Rodolfo y hermana de Vicky, es una de las querellantes; Myriam Bregman, su abogada. Desde marzo a la fecha, testimoniaron más de cincuenta personas. Hay, de momento, solo 8 militares imputados que no habían sido condenados previamente.
Desde la derogación de las leyes de impunidad y la reapertura de los juicios en 2006, se dictaron 376 sentencias por delitos de lesa humanidad perpetrados durante la última dictadura. En estos juicios, 1.254 represores fueron condenados y 251 absueltos. Actualmente, 504 genocidas se encuentran detenidos por sus crímenes. Sin embargo, 425 de ellos gozan del beneficio de prisión domiciliaria y tan solo cerca de 80 cumplen condena en cárcel.
La memoria
Cincuenta años después de la masacre, en momentos donde los poderosos pretenden borrar conquistas sociales, y para ello nuestra historia y capacidad de resistencia, la memoria se vuelve también arena de combate. Combate contra los nuevos herederos civiles de aquella dictadura, sus reivindicadores en el gobierno, los que ejecutan las políticas que siguen hundiendo en la “miseria planificada” a millones; contra los que apalean al pobrerío en las villas miseria y los que quieren encarcelarlos desde los 14 años. En el momento en que persiguen militantes o prometen “tormentas negras”, hay que saber contraponer los ejemplos de lucha de nuestro pueblo. Rescatar las muchas páginas de heroísmo pasadas y actuales; recuperar la memoria, también, del proyecto revolucionario de lxs 30.000: una patria sin hambre, sin sumisión frente al imperialismo, sin explotación. Una patria socialista. En estas calles se desplegó el aparato genocida. Pero también en estas calles se combatió. Aquí, en septiembre; cuando florecen todos los naranjos, todos los jazmines.


