
El 9 de julio de 1816 las Provincias Unidas del Sur declararon su independencia en Tucumán. A lo largo de los siglos, la fecha fue transformada, junto al 25 de mayo, en origen mítico del estado – nación argentino. En algunos momentos, hubo pompa para celebrar un presente que se pretendía consumación de los anhelos y proyectos de 1816. En otros, el patetismo de la burguesía dependiente hizo gala como en el 200ª aniversario, o en este 2026 en que el presidente lamenta no haber estado en Estados Unidos para celebrar allí su independencia. Desde nuestra perspectiva, el 9 de julio permite otra cosa. Rastrear las raíces de un proyecto anticolonial e indigenista negado por el cipayismo actual, pero también por los representantes del estado a lo largo de doscientos años.
Hacia 1816 la reacción contrarrevolucionaria se expandía por Europa. La Santa Alianza reinstauraba a los reyes o familias reales en sus tronos. El viejo orden buscaba su revancha para alargar su existencia. Por supuesto, lo hacía sin reparar en crímenes y brutalidades. En América Latina, los realistas y colonialistas obtenían victorias en muchos territorios. Sin embargo, en el Cono Sur se lograba resistir.
Paraguay mantenía la independencia. Lograda en 1811, la fortaleza revolucionaria se debía no sólo a la expulsión de los realistas de sus cargos, sino la eliminación de los terratenientes que eran un pilar del colonialismo. El cambio en la propiedad de la tierra, ahora estatal y de uso colectivo, junto al protagonismo popular eran sostenes de un proyecto que demostraría más temprano que tarde las potencialidades de las revoluciones radicales.
En 1815 la Banda Oriental del Río de la Plata, junto a lo que más tarde serían provincias de la Argentina (Entre Ríos, Corrientes, Santa Fe y Córdoba), habían declarado la Independencia de los Pueblos Libres, de la mano de otra vertiente del proyecto revolucionario radical: el artiguismo. No por casualidad la cuestión de la propiedad de la tierra era eje del proyecto anticolonial de José Gervasio Artigas y su pueblo en armas.
La situación en las Provincias Unidas era apremiante. No sólo las tropas colonialistas, que habían infligido derrotas a los revolucionarios en Nueva Granada (luego Colombia), Venezuela, y Chile, asediaban. Los terratenientes y grandes comerciantes criollos que, al decir de Mariano Moreno, apostaban a ser los nuevos tiranos “sin destruir la tiranía”, buscaban negociar con Inglaterra, la nueva potencia emergente, un reconocimiento. Los mismos que se habían espantado con la perspectiva de poner fin a la servidumbre indígena y a la abolición de la esclavitud, querían la independencia de negociar al mismo tiempo que recelaban del pueblo en armas indispensable para conseguir ese objetivo.
Hacia 1816 San Martín peleaba contra la falta de financiamiento para crear el Ejército de los Andes. Con el esfuerzo del pueblo, y con la ayuda que hubo que exigir a los ricachones, preparaba un ejército humano de 5.400 personas que debía conseguir la hazaña de cruzar los Andes con pertrechos, armas, abrigo y comida, sorprender y derrotar a los realistas de Chile. Miguel Martín de Güemes, terrateniente de origen, formaba en Salta sus gauchos de fuego. Los gauchos eran el pobrerío, la peonada, muchos de ellos y ellas indígenas, que hacían la guerra de guerrilla contra los realistas. Les impedían el avance, el descanso, el abastecimiento, a partir de golpes rápidos y sorpresivos. Luego del ataque, se perdían en el monte que conocían como nadie.
El Congreso de Tucumán recibió a representantes de Buenos Aires, Catamarca, Córdoba, Charcas (Chuquisaca, La Plata o Sucre), Chichas (Potosí), Cochabamba, Jujuy, La Rioja, Mendoza, Mizque (Cochabamba), Salta, San Juan, Santiago del Estero y Tucumán.
Tomás Godoy Cruz, diputado por Mendoza estaba en contacto permanente con San Martín. La urgencia por declarar lo que se había estado poniendo en práctica era necesaria para que el Ejército de los Andes tuviera una entidad política atrás. Sin tener un cargo formal, la participación de Manuel Belgrano resultó fundamental. En una sesión secreta, fue de Belgrano la moción que agregó a la declaración de la independencia de España “y de toda otra potencia extranjera”.
Declarada la independencia, el Congreso debía establecer la forma de gobierno. Belgrano volvía de un viaje por Europa en búsqueda del reconocimiento externo para la independencia. Constató el viraje contrarrevolucionario. Integrante como San Martín y Güemes del ala más radical del proceso de independencia del sur, Belgrano entendió la imposibilidad de que una república fuera reconocida en la era de la restauración.
La propuesta de los revolucionarios radicales se escuchó en la voz del creador de la bandera. Una forma de monarquía atemperada, que fuera nada menos, que el Incanato Unido de Sudamérica. El pueblo presente aclamó con vivas la propuesta, que fue aprobada. La definición a favor de una monarquía incaica no sólo enlazaba la lucha anticolonial con la larga resistencia de los pueblos originarios en contra de la invasión y la conquista. El candidato al trono era Juan Bautista, el hermano menor de José Gabriel Condorcanqui, Túpac Amaru II.
Resulta necesario hacer una digresión, porque la fuerza de la propuesta votada no se entiende si no conocemos lo que fue la rebelión tupacamarista de 1780 que sacudió en sus cimientos la putrefacta estructura colonial. Las torturas, ejecuciones en masa, traslados forzosos que siguieron a la derrota de la gran rebelión buscó silenciarla; no casualmente, a los y las ejecutadas entre otros tormentos, les cortaban la lengua. Durante décadas, las escuelas argentinas ponían el eje morboso en las torturas y no en el proyecto de Túpac Amaru y Micaela Bastidas. En las últimas décadas la situación es aún peor, ni se menciona a esta enorme rebelión. Por eso, reproducir los primeros párrafos de la Proclama de la rebelión es un pequeño acto de justicia:
“Hago saber a los paisanos criollos, moradores de la provincia de Chichas y sus inmediaciones, que viendo el yugo fuerte que nos oprime con tanto pecho, y la tiranía de los que corren con este cargo, sin tener consideración de nuestras desdichas, y exasperado de ellas y de su impiedad, he determinado sacudir este yugo insoportable, y contener el mal gobierno que experimentamos de los jefes que componen estos cuerpos: por cuyo motivo murió en público cadalso el corregidor de esta provincia de Tinta, a cuya defensa vinieron a ella de la ciudad del Cuzco, una porción de chapetones, arrastrando a mis amados criollos, quienes pagaron con sus vidas su audacia y atrevimiento. Sólo siento de los paisanos criollos, a quienes ha sido mi ánimo no se les siga algún perjuicio, sino que vivamos como hermanos, y congregados en un cuerpo, destruyendo a los europeos. Todo lo cual, mirado con el más maduro acuerdo, y que esta pretensión no se opone en lo más leve a nuestra sagrada religión católica, sino sólo a suprimir tanto desorden, después de haber tomado por acá aquellas medidas que han sido conducentes para el amparo, protección y conservación de los españoles criollos, de los mestizos, zambos e indios, y su tranquilidad, por ser todos paisanos y compatriotas, como nacidos en nuestras tierras, y de un mismo origen de los naturales, y haber padecido todos igualmente dichas opresiones y tiranías de los europeos. (…)” (reproducido en https://elhistoriador.com.ar/edicto-de-tupac-amaru-ii-manifestando-su-determinacion-de-sacudir-el-yugo-espanol/)
El propósito independentista, al igual que la apuesta a una fuerza social conformada por todos aquellos grupos sociales oprimidos por el yugo español están explícitamente planteados. Sólo la ceguera eurocéntrica impide reconocer la sintonía entre ese planteo y de las revoluciones de principios del siglo XIX.
Volvamos entonces a julio de 1816. La definición por el Incanato Unido de Sudamérica expresaba una perspectiva en que la independencia tenía una impronta radicalmente anticolonial e indigenista. Pero más aún. Juan Bautista Túpac Amaru era en ese momento un preso político. Además de los tormentos, había sido condenado a la cárcel lejos de su territorio. Trasladado de modo tortuoso hasta Río de Janeiro, fue llevado en condiciones infrahumanas en barco durante más de 10 meses hasta España. Estuvo en varias cárceles de la península hasta que lo encerraron en Ceuta. Recién sería liberado en 1820, tras cuatro décadas de prisión. Ese era el rey que propuso Belgrano, que defendían San Martín, Güemes, Juana Azurduy y tantos otros y otras cuyos nombres no conocemos.
Resulta gracioso que se hable del “pragmatismo” de revolucionarios que estando a favor de la república se vieron obligados a ceder al espíritu de época monárquico. En este 2026, (re)conocer ese camino truncado da orientaciones respecto de cómo deben ser las revoluciones verdaderas en Nuestramérica.


