
El CHE a 98 años de su nacimiento
Hace casi cien años nacía alguien que sería, al mismo tiempo, hijo de su tiempo y partero de un nuevo tiempo por construir. Lejos de la recordación que se estanca en el ritual, nos parece importante recuperar al Che para entender nuestra actualidad. No se trata de un ejercicio de autoafirmación de quienes nos consideramos guevaristas. Se trata de la necesidad de ponernos a la altura de la experiencia histórica.
Nacido en junio de 1928, Ernesto Guevara de la Serna es quizás la única figura revolucionaria, marxista, que es al mismo tiempo un símbolo, una bandera de masas en todos los rincones del planeta. En las luchas callejeras, pero también en las hinchadas. En las banderas de grupos revolucionarios, pero también de organizaciones de masas. En escuelas de formación, pero también en recitales. Es difícil encontrar un paralelo tan universal.
Por supuesto, el significado preciso de cada quien que lleva su imagen en una remera o en un tatuaje, o que lo adopta como símbolo de su proyecto, no es unívoco. Sin embargo, hay algo que trasciende la mercantilización y la banalización que el enemigo viene intentando desde su asesinato en 1967. Todxs reconocen en el Che a un símbolo de la lucha contra la injusticia, contra el sistema, un combatiente a favor de la igualdad, portador de un humanismo que defendió con sus actos sus ideas y que entendió que la solidaridad no era desearle suerte a lxs agregdidxs, sino correr su misma suerte.
Las dictaduras genocidas y las democracias pacificadas se ensañaron muy especialmente con las expresiones organizativas del mundo que encontraban en el Che una síntesis, una expresión de identidad y, sobre todo, una perspectiva estratégica revolucionaria de destrucción del capitalismo mediante la lucha a muerte con el imperialismo, condición para construir un socialismo que sirviera de escuela a una nueva humanidad.
Quienes hoy nos identificamos en esa huella, somos pocxs y tenemos no pocos desacuerdos a la hora de traducir esas coordenadas en una intervención actual. Sin embargo, es en este mundo en guerra, en este planeta en peligro, donde encontramos las semillas de esa nueva humanidad. Frente a la descomposición repugnante de los poderosos de cualquier lugar, hay expresiones en la vida cotidiana, en las luchas grandes y pequeñas de que la revolución sigue siendo la única manera posible de dejar atrás esta forma de sociedad que hace de la miseria de millones la opulencia de un puñado. Un pueblo sometido a décadas de genocidio levanta su resistencia y logra conmover a los pueblos del mundo. Un país se niega arrodillarse ante el imperio y expone la vulnerabilidad que está en la base del dominio imperial. Otro pueblo pone en acto su saber y lucha anticolonial de siglos y se enfrenta en las calles y rutas al proyecto de profundizar el despojo. En una isla, un pueblo con historia e identidad, está dispuesto a pagar el caro precio de la libertad y a no dejarse aplastar por la bota imperialista. En cualquier rincón están esos ejemplos. Los hay más pequeños, en esas prácticas cotidianas en defensa de la vida y en la construcción de comunidad.
Contra el derrotismo y la desmoralización que muchxs pregonan, ante la desesperación que se frustra por no ver resultados inmediatos, el Che viene a recordarnos el valor de la firmeza. Firmeza ante lo que sabemos, creemos y sentimos. Firmeza contra el enemigo, ese antagonismo irreconciliable que sostenía Lenin. Y paciencia revolucionaria, que es tenacidad, en no dejarse vencer, en no dejarse convencer de que esta humanidad no puede alumbrar una nueva. Como el Che, ¡nacimos para vencer, y venceremos!

