Se cumplen 60 años de la redacción del mensaje del Che conocido como “Mensaje de los pueblos del mundo a través de la Tricontinental” que tradujo en programa la experiencia cubana. En un mundo atravesado por las guerras, recuperar la gesta cubana y la lectura del “testamento político” de Guevara, son coordenadas urgentes para pensar la actualidad.

Tiempos de revolución

La década de 1960 estuvo marcada por las rebeliones, levantamientos y revoluciones. La revolución en contra del dictador amigo de los yanquis, Fulgencio Batista, había triunfado el 1º de enero de 1959, pero como dijeran, era sólo el “derecho a empezar”. La movilización y la radicalización fueron el sello de la Revolución Cubana. Con su ejemplo, marcaba un rumbo que superaba las experiencias nacionales, democráticas, que habían retrocedido ante los embates del imperio. “Esta vez sí es la revolución” había jurado Fidel ante una multitud al llegar a La Habana liberada. Y así fue. La victoria en Playa Girón en abril de 1961, primera derrota del imperialismo yanqui en América Latina quedó unida a la declaración del carácter socialista que había tenido lugar en ese contexto. El peligro estaba presente, y no a modo de amenaza, sino de ataques y atentados permanentes por parte del imperialismo. El Che fue protagonista, resultado y símbolo de ese proceso.  El “Mensaje a los pueblos del mundo” su último texto público, condensaba toda esa rica experiencia traducida en una manera de analizar, de entender y de encontrar la oportunidad revolucionaria sin desconocer los costos.

Algunos hechos sólo a modo de ilustración. Las guerrillas se extendían por el Tercer Mundo. América Latina, vista como patio trasero, se ponía de pie como nunca antes con el faro de la Revolución Cubana. África luchaba por su liberación, con el ejemplo de Argelia. La guerra de Vietnam estaba en pleno desarrollo e incluía al resto de Indochina. Al calor del cuestionamiento de las atrocidades imperialistas, surgían grupos revolucionarios en las potencias centrales. Por supuesto, el enemigo ejercitaba y perfeccionaba su maquinaria de terror y genocidio. Pero miles y millones en el mundo veían con claridad que no había otra opción que tomar el cielo por asalto, para dar subvertir este orden injusto. El propio Guevara se encarga de analizar en el “Mensaje” la situación mundial y de los distintos continentes del Tercer Mundo con una gran capacidad de apuntar a los núcleos principales de la dinámica de la lucha.

El 16 de abril de 1967, la Organización de Solidaridad de los pueblos de África, Asia y América Latina (OSPAAAL) publicó en formato de folleto el “Mensaje a los pueblos del mundo a través de la Tricontinental” de Ernesto Guevara. De acuerdo al estudio de Delgado Ramírez (2019), el texto fue redactado por el Che a pedido de Osmany Cienfuegos, quien había sido nombrado secretario general de la OSPAAAL en su Primera Conferencia en enero de 1966. En principio, el documento saldría en un número inaugural de las publicaciones de la Organización junto a textos de Ho Chi Minh, Amilcar Cabral, Kim Il-sung, entre otros. Al conocerse las primeras acciones de la guerrilla en Bolivia, Cuba decide publicar los puntos de vista de Guevara sobre la situación mundial y la revolución. Es significativo que su redacción se diera en septiembre de 1966 en la casa de entrenamiento en la que se preparaba, junto a los compañeros que lo acompañarían, para instalarse en Bolivia.

El devenir posterior

A grandes rasgos, los años que siguieron a su publicación estuvieron marcados por la confrontación entre revolución y contrarrevolución en América Latina y en el mundo y por la crisis global. A través del terrorismo, el genocidio, los escuadrones de la muerte, las burguesías domésticas y el imperialismo norteamericano lograron ahogar en sangre la mayor parte de las fuerzas revolucionarias. Como siempre, la violencia buscó despojar a los pueblos del mundo de su propia historia. Sobre esa base, el imperialismo yanqui pudo mantener la centralidad del dólar y profundizar su hegemonía global. La noche contrainsurgente, llamada neoliberal, se extendió a casi todo el planeta cuando se produjo la caída del Muro de Berlín y la desaparición de la Unión Soviética. Y las reflexiones y recuerdos de las derrotas empezaron a desdibujar las victorias.

En los noventa “el gran enemigo del género humano: los Estados Unidos de Norteamérica” presentó su triunfo como la victoria última y definitiva de los poderosos, del capitalismo y de la razón moderna occidental que había acompañado su origen y desarrollo. La desmovilización y desmoralización de las fuerzas populares fue muy significativa. Bajo la nueva normalidad, muchos de los valores, proyectos y prácticas que los y las revolucionarias habían acumulado en el continente durante siglos de experiencias fueron abandonados, se perdieron o fueron congelados como reliquias del pasado. Así, cuando el imperialismo se volvía más brutal, más global y más absoluto, se buscó con bastante éxito desterrar hasta la noción misma de imperialismo.

Y, sin embargo, la historia y el mundo se mueven. La idea de que el único destino de la humanidad fuera el de la compra venta de todo, de la miseria de millones, fue resistida. El despojo y el saqueo a gran escala fueron contestados. Hubo choques, levantamientos y estallidos. Hasta rebeliones populares. La imagen del Che flameó en remeras y banderas. Cuba recibió abrazos solidarios, pero no la internacionalización de la revolución por la que siempre había trabajado.

No obstante, la recuperación de su pensamiento estratégico, radicalmente antiimperialista, decididamente anticapitalista, siguió siendo dificultosa. Es así que muchos de los movimientos y organizaciones que se identificaban con el Che, consideraron (y consideran) que esta reivindicación no era (ni es) contradictorio con reforzar la institucionalidad estatal, con perder de vista la montaña quedándose en las pequeñas colinas (salario, parlamento, derechos democráticos). En definitiva, renegar -o relegar para un futuro indeterminado- el derecho de los pueblos a la rebelión. Las recordaciones del Asalto al Cuartel Moncada o la derrota yanqui en Girón fueron separándose de lo que esos hechos tenían para mostrar como camino posible.

El derecho y la necesidad de hacer uso de la violencia para conquistar la emancipación nacional y social, se convirtió en tabú en gran parte de los territorios del mundo. El nuevo clima de época impuso que la experiencia, la teoría, las enseñanzas fueran defenestradas, ignoradas o desgajadas de sus desarrollos posteriores. Nadie (y el Che o cualquier otrx revolucionarix) pretendería pensar la revolución hoy sin comprender cuáles son las fuerzas, sujetos y eje de disputa actuales. Pero sí es claro que, así como lxs bolcheviques se apoyaron en la experiencia de la Comuna, o lxs revolucionarixs de los 60 y 70 en las experiencias de principios del siglo XX, el cambio de contexto no tiene porqué significar cortar la acumulación anterior.

Los aportes para leer el presente

En este 2026, la lectura del Mensaje a los Pueblos del Mundo (como planteó Fidel que debería haberse llamado el texto), invita a analizar las rupturas, pero también las continuidades entre el mundo de 1966 y el actual, a la vez que recuperar principios y orientaciones que mantienen su vigencia para una perspectiva revolucionaria, aunque siempre sean enriquecidos en cada situación particular. El posibilismo escudado en la correlación de fuerzas, el realismo en clave de pragmatismo y adaptación al terreno y coordenadas de confrontación definidas por el enemigo, lejos de expresar sabiduría, desarman la fuerza propia y la posibilidad incluso de pensar un proyecto antagónico.

La crítica radical al orden capitalista, la identificación clara del enemigo, así como la conclusión histórica de que ninguna clase dominante nunca ha cedido pacíficamente el poder, mantienen plena actualidad en su esencia. La acumulación de descomposición de parte del imperialismo, las burguesías y sus estados vuelve cada vez más explícito un ejercicio del poder que no tiene otra base que la fuerza, la violencia.

Los sucesos que se han concentrado en los primeros meses de este año, reafirman la validez de estos principios generales. Cuba sigue dando ejemplo de consecuencia revolucionaria. Aquello que el Che y Fidel siempre tuvieron muy claro, es parte ya de la identidad cubana. Ante los ataques enemigos, la salida es la firmeza, la unidad en disposición de lucha. Los diálogos y negociaciones necesarias, nunca se han dado de espaldas al pueblo. Nunca se ha presentado como una victoria propia una concesión al enemigo. Estados Unidos desde hace casi siete décadas quiere hundir la experiencia revolucionaria cubana con todos los medios a su alcance. Con el visto bueno o la mirada esquiva de las potencias occidentales, Estados Unidos impone el hambre, el desabastecimiento, la falta de energía básica. Pero el pueblo cubano no se doblega. Ante los embates, como el agravamiento del nefasto bloqueo, “Patria o Muerte, ¡VENCEREMOS!” es un grito y una práctica. No sólo “movilización” popular, sino movilización del pueblo armado, moral y materialmente.

Parte de ese armamento está forjada en la tradición martiana de Fidel y del Che, por la experiencia de lo que es capaz un pueblo cuando entra en revolución. La lucha de los y las caídas, la convicción y la experiencia de que al enemigo se lo puede vencer como en Girón, son fuerza moral. Las palabras del final del “Mensaje a los pueblos del mundo” resuenan con una actualidad sorprendente:

“Sinteticemos así nuestras aspiraciones de victoria: destrucción del imperialismo mediante la eliminación de su baluarte más fuerte: el dominio imperialista de los Estados Unidos de Norteamérica. Tomar como función táctica la liberación gradual de los pueblos, uno a uno o por grupos, llevando al enemigo a una lucha difícil fuera de su terreno; liquidándole sus bases de sustentación, que son territorios dependientes.

“Eso significa una guerra larga. Y, lo repetimos una vez más, una guerra cruel. Que nadie se engañe cuando la vaya a iniciar y que nadie vacile en iniciarla por temor a los resultados que pueda traer para su pueblo. Es casi la única esperanza de victoria.”

La “patria”, como decía el Apóstol, es la “humanidad”. Hace décadas el Che reclamaba al movimiento comunista internacional, sin eufemismos, la soledad de Vietnam:

“Hay una penosa realidad: Vietnam, esa nación que representa las aspiraciones, las esperanzas de victoria de todo un mundo preterido, está trágicamente solo. Ese pueblo debe soportar los embates de la técnica norteamericana, casi a mansalva en el sur, con algunas posibilidades de defensa en el norte, pero siempre solo. La solidaridad del mundo progresista para con el pueblo de Vietnam semeja a la amarga ironía que significaba para los gladiadores del circo romano el estímulo de la plebe. No se trata de desear éxitos al agredido, sino de correr su misma suerte; acompañarlo a la muerte o la victoria.”

Resulta muy difícil, por más doloroso que resulte, no ver en el abandono de Cuba como espejo de la soledad vietnamita. No sólo el abandono de los progresismos, en quienes nunca tuvimos más expectativas que buenas alocuciones en organismos internacionales. Lo angustiante es que Venezuela lo hiciera en estos meses aciagos en los que, sin petróleo, no hubo electricidad, las clases no pudieron mantenerse como corresponde, la atención sanitaria se vio severamente golpeada. Esa franqueza que el Che ejercía, a veces con cierta dosis de brutalidad, también ayuda a clarificar, a poner palabra a lo que ocurre. ¿Cómo puede ser que no haya habido uno – uno solo –barco petrolero que viajara desde Caracas en el momento más difícil? ¿Cómo suscribir a complejas y sesudas explicaciones sobre los retrocesos tácticos en pos de triunfos estratégicos cuando Cuba acababa de dejar nada menos que 32 combatientes defendiendo la revolución bolivariana? ¿Cómo hacer a un costado la indignación que produce ver a la dirigencia de la tierra de Bolívar hablando de amistad con el enemigo número uno de la humanidad? ¿Cómo compatibilizar eso con ese enemigo que olía a azufre y a quién Chávez desafiara con el “¡Váyanse al carajo, yanquis de mierda!”? ¿Cómo negar la reversión de conquistas nodales como la ley de hidrocarburos y de minería? ¿Cómo no hervir de rabia cuando las referencia a Venezuela, que supo despertar conciencias y perspectivas, aparece, una y otra vez, como el ejemplo de cambio “rápido y exitoso” a favor de la dependencia y el sometimiento a la bota yanqui?

Es verdad, quienes no estamos en la primera línea de batalla, no tenemos el mismo derecho a la franqueza que el Che se ganaba al poner “el pellejo para demostrar sus verdades” (Carta a sus padres, marzo 1965). Sin embargo, la realidad muestra cómo el pueblo iraní (o el palestino, el del Líbano, Yemen, Irak…) estando en la primerísima línea es capaz de no doblegarse, a pesar de las bombas y la destrucción, a pesar de atrocidades mayúsculas como el asesinato de las niñas de Minab. ¿Cómo no ver la relación entre el heroísmo iraní y el cubano? ¿Cómo no reconocer una matriz común, más allá de las particularidades, de un realismo revolucionario que reconoce que la confrontación con el imperialismo es a muerte?

Es conocida la frase de Guevara: “Un día pasaron preguntando a quién se debía avisar en caso de muerte y la posibilidad real del hecho nos golpeó a todos. Después supimos que era cierto, que en una revolución se triunfa o se muere (si es verdadera). Muchos compañeros quedaron a lo largo del camino hacia la victoria.” (Carta de despedida a Fidel, marzo 1965)

A miles de kilómetros, el dirigente y canciller iraní Abbas Aragchi respondió sin mediatintas a las preguntas sobre las amenazas de muerte contra su persona realizadas por Estados Unidos e Israel:

“Si temiéramos a la muerte, no habríamos entrado en esta guerra ni habríamos ofrecido a nuestros mejores hombres como mártires. Morir es un honor para nosotros al defender nuestra patria, mejor que morir sometidos a ustedes, con nuestra patria bajo su tutela y dominio.

“Nacimos libres y moriremos libres. ¡No nos someteremos a violadores de niños, traficantes de sangre ni gobernantes opresores!”

No se trata sólo de dirigentes. Hay una subjetividad popular construida con esa misma perspectiva. En tiempos de tanta desmemoria, hay que recordar cuál fue la posición de Cuba en la Crisis de los Misiles; o cuáles fueron los aportes no sólo en ideas y entrenamiento, sino en cientos de miles de revolucionarixs que Cuba hizo a América Latina, a África; o la terquedad cuando el bloque socialista se derrumbaba de seguir defendiendo el socialismo; y recientemente, de no entregarse ante la extorsión imperial.

Las movilizaciones masivas, la disposición a resistir, la dignidad del pueblo iraní también emocionan. A pocos días de iniciada la guerra, un periodista le preguntó en una concentración a una madre, que tenía a su hijo de dos años y medio de la mano, si no era difícil cambiar pañales sin agua caliente. La respuesta fue:

“¿Qué hacen los niños palestinos que llevan años viviendo estas condiciones? ¿Qué diferencia hay entre ellos y nosotros? Ahora estamos resistiendo para que ellos también puedan vivir mejor y mi hijo pueda tener un futuro más tranquilo. Si ahora tuviéramos miedo por cosas como el agua caliente o un pañal, entonces las injusticias del mundo continuarían como siempre alguien tiene que enfrentarse a ellos alguien tiene que ponerse de pie y responderles.” (Madre en una movilización, HISPAN TV)

Lejos de las piezas de museo o de los rituales sin vida, hoy mismo el pueblo cubano se apoya en esa historia, en esa identidad, para enfrentar el ahogo criminal con el que Trump pretende doblegarlo. En la histórica esquina de 23 y 12 de La Habana, Díaz Canel dialogó con el pueblo más culto de América:

“El socialismo es la única garantía de justicia social, el único camino a la emancipación real de todas las personas, y en nuestro caso ha sido y es, además, la posibilidad real de dar respuesta colectiva al castigo colectivo que se nos ha venido imponiendo en todos estos años.

(…)

“Compatriotas: El momento es sumamente desafiante y nos convoca otra vez, como en aquel 16 de abril de 1961, a estar listos para enfrentar serias amenazas, entre ellas la agresión militar.  No la queremos, pero es nuestro deber prepararnos para evitarla y, si fuera inevitable, ¡ganarla! (Aplausos.)  Tenemos la fe en la victoria que nos inculcó Fidel.

(…)

“Resistir los embates de las invasiones cotidianas es la épica que escribimos hoy, el mejor legado a los caídos, a los que ofrendaron sus vidas en aquel abril de 1961 por la independencia y por el socialismo.  ¡Mientras haya una mujer y un hombre dispuestos a dar la vida por la Revolución, estaremos venciendo!  (Aplausos.)

“¡El carácter socialista de nuestra Revolución no es una frase del pasado, es el escudo del presente y la garantía del futuro! (Aplausos.)

“¡Girón es hoy y es siempre!

“¡Cuba no se rinde!  (Aplausos.)

“¡Aquí no se rinde nadie!  (Aplausos.)

“¡Aquí lucharemos!

“Aquí, como dice la canción: ¡Fuego vamos a dar!  (Aplausos.)

“¡Viva la dignidad rebelde de nuestro pueblo!  (Exclamaciones de: “¡Viva!”)

¡Viva el Socialismo!  (Exclamaciones de: “¡Viva!”)

¡Patria o Muerte!

¡Venceremos!

(Ovación.)

 

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