
Hace poco más de 40 días que Estados Unidos y la entidad sionista desataron la guerra contra Irán. La agudización de esta confrontación va clarificando campos y perfilando horizontes posibles. En esta coyuntura plagada de sucesos, los tiempos se aceleran. El desafío de asumir no sólo la necesidad, sino también la posibilidad de poner fin a la hegemonía yanqui y de occidente sobre los pueblos y el mundo.
El 28 de febrero los Estados Unidos junto a la entidad sionista iniciaron, una vez más los bombardeos contra la República Islámica de Irán. En pocas horas, los supuestos libertadores de mujeres de la secta Epstein asesinaron a 170 niñas que estaban en la escuela. Asesinaron al líder Alí Jamenei y a muchos otros dirigentes. Bombardearon en aguas internacionales a una fragata que iba sin armas. El “cambio de régimen” no se produjo. La capitulación o la negociación para frenar la masacre tampoco. Un imperialismo occidental en descomposición quedó sorprendido por la respuesta. La ceguera del eurocentrismo, de la supuesta superioridad técnica y moral, dejó a los ejércitos mejor equipados del planeta en una encerrona y sin perspectiva de cómo torcer a su favor la situación.
Luego de que occidente se montara y fomentara las movilizaciones de enero, decenas y cientos de miles de iraníes salieron a las calles a manifestarse contra la agresión imperialista y en defensa del gobierno. Anticipando la intención imperialista de descabezar las organizaciones, Irán adoptó otra forma organizativa y de acción: el mosaico. Poniendo en práctica mecanismos de reemplazos de los cuadros asesinados, incluyendo la elección de Mojtaba Jamenei como nuevo líder supremo, la respuesta iraní fue contundente.
Rápidamente, cerró el estrecho Ormuz sobre el Golfo Pérsico. El cerrojo a esa arteria del intercambio de petróleo y gas tuvo y está teniendo efectos en la economía global. La inflación se dispara. Las proyecciones empiezan a reconocer el decrecimiento y el escenario de debacle pasa a ser una posibilidad real y cercana.
En una lógica defensiva, Irán fue respondiendo a la escalada con firmeza. Lanzó drones y misiles contra la entidad sionista y contra las bases norteamericanas asentadas en las monarquías proimperialistas del Golfo. Los escudos supuestamente infranqueables de la ocupación sionista fueron superados en una táctica de aprovechamiento de la asimetría a favor de Irán. A través de la saturación, los misiles y radares dejaron de funcionar y las bombas empezaron a alcanzar objetivos del estado colonial. De las 13 bases que Estados Unidos tenía en la región, hoy no queda ninguna en condiciones de funcionamiento. Portaviones y embarcaciones petroleras quedaron reducidas a cenizas, lo mismo que refinerías. El primer fin de semana de abril, acusando la paliza que estaban recibiendo, Estados Unidos intentó una acción que le permitiera retirarse alegando una victoria militar. Su fracaso fue rotundo. Estados Unidos perdió en un día la mayor cantidad de aeronaves en la operación de rescate del piloto en el sur de Irán desde la Guerra de Vietnam.
En simultáneo, las movilizaciones en contra de Trump y de la guerra convocan a millones en los Estados Unidos. El movimiento MAGA (Make America Great Again) se fracciona ante una de las guerras que el magnate decía que iba a evitar. Esta guerra es la que menos apoyo ha tenido en su inicio en toda la historia del país desde la Segunda Guerra. En sólo los primeros seis días de guerra, Estados Unidos gastó 11.000 millones de dólares y a principios de abril solicitó aumentar un 40% el presupuesto del área, al tiempo que aplicaba recortes en educación, salud, ambiente.
La necedad de asumir al enemigo
La respuesta a la agresión estuvo acompañada de una intensa y profunda iniciativa propagandística. Mientras los sionistas festejaban sanguinariamente las ejecuciones fuera del campo de batalla, en zonas residenciales; mientras brindaban por darle “estatus legal” a la pena de muerte contra palestinos/as (que desde hace décadas ejerce); mientras Trump se convertía en el hazmerreír del mundo, sólo pudiendo retener algo de respeto por la capacidad de destrucción del imperio, los iraníes explicaron qué ocurría.
Además, reivindicaron la autodeterminación, el protagonismo del pueblo, el derecho de los pueblos de Asia y del Tercer Mundo colonizado y dependiente, de luchar contra el imperialismo. La confrontación abrió un canal, hasta entonces cuidadosamente cerrado por todo occidente, para que los pueblos extrajeran conclusiones sobre quiénes son sus verdaderos enemigos. Y recordó que parte central de la asimetría técnica, se supera con protagonismo del pueblo, y fuerza moral. Luego de que Estados Unidos bombardeara puentes, cuando anunciaba con total desparpajo que atacaría infraestructura civil, los y las iraníes salieron en masa a rodear puentes y centrales.
Así como la iniciativa de la resistencia palestina con el Diluvio de Al Aqsa logró quebrar la visión internacional respecto del estado de Israel, mostrando el carácter de ocupación racista de este régimen de apartheid y actualizando la lucha anticolonial, la respuesta de Irán clarifica la lucha antiimperialista. La entidad sionista no es inexpugnable; sin el respirador artificial de Estados Unidos (y de Europa) no puede defenderse ni autoabastecerse. La acción de Hezbolá está derrotando nuevamente la invasión intentada por Israel. Resulta cada vez más claro que es la resistencia libanesa la valla para evitar que Líbano sea otra Siria, desmembrada, gobernada por los títeres de ISIS, ahora vestidos de traje.
Lo mismo ocurre con las monarquías oligárquicas y antipopulares del Golfo Pérsico. Estos regímenes que sostienen no sólo con el petróleo y el gas, sino con su inyección de petrodólares el sistema financiero que permitió hasta ahora la hegemonía del dólar, son muy vulnerables. Por un lado, a ataques a infraestructura clave como centrales eléctricas o plantas desalinizadoras. Por otro lado, a la acción de los propios pueblos. Los levantamientos contra esos gobiernos entreguistas y hambreadores y contra las bases y embajadas o consulados yanquis se multiplicaron. Luego de 23 años, la resistencia iraquí logró el retiro de las tropas de ocupación.
Algunas perspectivas
Estamos en una etapa de guerras. El imperialismo norteamericano (como cualquier poder en la historia humana) no va a resignarse ante su propio declive. Por el contrario, la vocación genocida y criminal se exacerba ante esa constatación. El alto el fuego nunca existió. La derrota yanqui es tan humillante que no puede desescalar, y no sólo por la locura de Trump. La imposición por parte de Estados Unidos de un bloqueo más al sur del estrecho de Ormuz es una evidencia de ello.
Resulta difícil prever que esa agudización no se convierta directamente en mundial, dado que esa misma escalada pone a la economía global muy cerca de una crisis catastrófica. La escasez de petróleo y gas que siguen siendo fuentes de energía irremplazables en lo inmediato, impactan en la producción de alimentos organizada en forma agroindustrial, dependientes de fertilizantes, pesticidas, herbicidas. La inflación generalizada ya afecta las condiciones materiales de existencia de las familias trabajadoras. El muy probable cierre del estrecho de Al Mandeb, sobre el mar Rojo, agudizará el quiebre.
Hasta el momento China, la potencia que disputa hasta ahora en el plano económico con Estados Unidos, ha evitado entrar directamente en la guerra. El enfrentamiento en clave antiimperialista puede combinarse en una nueva fase de confrontación interimperialista; los encontronazos entre China y Estados Unidos respecto de la navegabilidad del estrecho pueden anticipar esa nueva fase.
El quiebre del mundo unipolar, el desmoronamiento de la ilusión del “orden internacional basado en reglas”, la descomposición del orden occidental, no tienen por qué ser una catástrofe para los pueblos que desde hace cinco siglos sufrimos la explotación, el saqueo, el dominio y la opresión de las potencias occidentales. No nos hacemos ilusiones confundiendo nuestra lucha con una eventual sustitución hegemónica del mercado mundial bajo la lógica del capital, pero con comando chino (o sinoruso). El quiebre de los centros de comando abre la posibilidad de acciones independientes (lo que no significa “equidistantes”). La clave sigue estando en la capacidad de los pueblos de asumir la lucha. Irán y la resistencia de Asia Occidental, desde la heroica Palestina ocupada, Líbano, Irak, Yemen, muestran que el imperialismo sólo es invencible si se lo mira de rodillas.


