
A 57 años del Cordobazo: Evocar la gesta, organizar la rebeldía, continuar la lucha, construir una nueva sociedad
El mito de la invencibilidad del poder
El 29 de mayo de 1969, el pueblo de Córdoba salió a las calles, levantó barricadas, enfrentó a la represión, y demostró, decidido, que no hay poder absoluto ni invencible. La «Revolución Argentina» que había llegado a través de un golpe militar y que había venido “para quedarse”, se presentaba como un proyecto sin plazos, blindado por los intereses de las clases dominantes, el imperialismo y la doctrina de la contrainsurgencia internacional. Bajo el mando de Onganía -y como muchas otras veces en la historia- parecía un frente invencible.
Sin embargo, pese a la superioridad logística (preparación, comunicación, armas) las fuerzas represivas fueron rebasadas, y tuvieron que abandonar la ciudad frente a un pueblo que defendía su dignidad en cada piedra, en cada acto de sabotaje, en la solidaridad y unidad entre “obreros y estudiantes”. Aunque los refuerzos del ejército finalmente lograron días después controlar el estallido, el Cordobazo hirió de muerte al régimen militar y reafirmó una lección histórica irreversible: la rebelión popular es el único camino real para transformar la realidad.
Organización por abajo y unidad
Pero aquella gesta no fue un estallido espontáneo. Fue el resultado de una construcción paciente y constante, la consecuencia de una militancia cotidiana y firme, la expresión de una acumulación consciente.
Las condiciones de vida de la Córdoba de los 60 hacía coincidir en las universidades y en las fábricas a jóvenes y trabajadores, que iban forjando en su devenir diario una identificación común. La de ser quienes padecían las injusticias de un sistema que beneficia a unos pocos. Poco ha cambiado desde entonces.
Hacia fines de la década ya se habían consumado además grandes revueltas y revoluciones en distintos puntos del planeta. La revolución cubana, una y primordial. El mayo francés, la guerra de Vietnam.
Las organizaciones políticas populares y de izquierda se organizaban en todos los ámbitos de la vida social (estudiantil, laboral, sindical, social, cultural… y también en relación a la organización de la producción, a la salud pública, a los derechos de las -mal- llamadas “minorías”: mujeres, disidencias, pueblos originarios, etc.). Se planteaban desde reivindicaciones civiles hasta transformaciones radicales que eran bien recibidas por gran parte de la población. Se percibía un claro enfrentamiento de ideas y, por lo tanto, de poder.
La dirigencia sindical cordobesa, con Agustín “gringo” Tosco (Luz y Fuera) a la cabeza, se enfrentaba al modelo verticalista de la CGT “oficial”, que se reconocía como “dialoguista” y negociaba con la represión.
Tanto Tosco como otros dirigentes, junto a miles de mujeres y hombres de aquél Cordobazo del 69. Eran parte de una dirigencia sindical que sembró conciencia en la base del pueblo trabajador, promoviendo la formación y el debate verdaderamente democrático.
Fue esta práctica la que también posibilitó la histórica confluencia en las calles entre la clase obrera, el movimiento estudiantil, los pueblos originarios y los sectores más postergados de nuestro pueblo, un pueblo que se organizó y se preparó para enfrentar la represión y para disputar políticamente la conducción del destino nacional.
La vigencia de la lucha
Los mártires y las conducciones del Cordobazo, como Agustín Tosco, no peleaban solo por reivindicaciones corporativas o salariales. Construyeron un programa de emancipación que nutrió a las organizaciones revolucionarias surgidas al calor de esas batallas. Porque las trabajadoras y los trabajadores, las y los estudiantes, las miles de “amas de casa”, los pueblos originarios, en fin, los postergados y ninguneados pobres de siempre, también podemos pensar los destinos de nuestro país. Podemos perfectamente decidir y tomar en nuestras manos las riendas de la política. Podemos y debemos disputar poder.
Recordamos el Cordobazo no como una mirada melancólica hacia el pasado; sino que creemos que hacerlo es asumir la responsabilidad de recuperarlo en toda su dimensión, y en adaptarlo a nuestra realidad actual para darle debida continuidad.
Muchos de los problemas y de las políticas que se buscaban profundizar durante el Cordobazo (y a posteriori) siguen teniendo el mismo fin: ajustar las condiciones de vida de miles para beneficio de unos pocos. Una y otra vez nos explican la necesidad de que “todos debemos hacer un esfuerzo”, pero siempre es el mismo hombro el que se pone, el nuestro. Y de tanto poner el hombro, el hueso empieza a doler. Y el dolor se hace hartazgo. Y el hartazgo, bronca. Y la bronca… hay que organizarla.
Hoy, frente a los intentos actuales de someter al pueblo trabajador y entregar la soberanía, frente al empeoramiento de las condiciones de vida, frente al ajuste, los recortes y los aumentos, frente a la soberbia del poder, la salida sigue siendo la misma: organización desde abajo, unidad de los oprimidos, programa político propio y la calle como escenario ineludible donde ha de librarse la batalla.