En los últimos meses, hemos venido profundizando nuestro análisis de la situación continental con la mirada centrada en los procesos de rebeliones. Compartimos algunas de las reflexiones y conclusiones a las que hemos arribado, con el fin de nutrir los intercambios y el necesario debate político de la coyuntura en clave estratégica. Publicamos aquí una parte del documento integral y más extenso que se puede leer y descargar de la web.

Identificar las corrientes político – ideológicas en disputa es central para poder definir no sólo los ejes a jerarquizar en el debate político, ideológico y estratégico, sino para comprender las divergencias tácticas aun cuando actuemos en unidad de acción. Poder abordar esta clarificación nos ayudará a leer mejor la situación, a la vez que poder tomar decisiones respecto de nuestras tareas e intervenir con mayor precisión en la lucha. También eso nos permitirá poder indagar y caracterizar mejor a otras organizaciones (locales e internacionales).

Sin entrar en los detalles (cuestión que excedería además las posibilidades de este documento), en los procesos de rebelión podemos identificar tres grandes campos: el de la rebelión, el de la institucionalización y el de la represión. No son campos “puros” en el sentido de que hay múltiples cruces. Como bien explicaba Gramsci, la hegemonía de clase implica una combinación entre represión y consenso. Hay, por tanto, una estrecha relación entre institucionalización y represión; por un lado, la institucionalización se basa sobre una relación de fuerzas conseguida por la represión y a la vez la institucionalización de determinados sectores permite o legitima la represión sobre otros. Pero también dentro de lo que podemos llamar el campo de la rebelión hay quienes ven la rebelión como una táctica para conseguir a través de su encausamiento un lugar en la institucionalidad. Por otra parte, hay sectores que apuestan a la rebelión y que entienden que determinada participación en la institucionalidad puede servir para consolidar fuerzas. Así como hay quienes que consideran que cualquier tipo de avance en el terreno de la institucionalidad, o cualquier reforma parcial, significa hipotecar la lucha. Como siempre, la práctica es más indicadora de cuál es la estrategia que se está poniendo en juego que lo que se dice.

Finalmente, hay que recuperar lo dicho más arriba respecto de la relación entre las rebeliones y la perspectiva de acumulación de fuerza social y política revolucionaria. En este sentido, hay que sacar conclusiones respecto de cómo la apuesta estratégica a la rebelión tiene que reconocer la existencia de momentos de mayor y de menor intensidad de la lucha callejera, para poder encontrar las formas y caminos de radicalización del proceso. Concretamente, el sólo hecho de expresar disposición al enfrentamiento y voluntad de mantenerse en las calles no resuelve todos los problemas que estamos planteando.

Breves digresiones que pueden ayudar a entender el planteo. En el momento fundacional del movimiento obrero en la Argentina, el anarquismo tuvo un muy fuerte arraigo. Su perspectiva de confrontación respondía de manera más acorde a una realidad en la que el régimen político sólo respondía a las demandas obreras con persecución y represión. Enormes jornadas y movilizaciones heroicas y masivas se dieron entre 1902 y 1922 aproximadamente. Sin embargo, la huelga general insurreccional no termina de constituir una estrategia de poder. La represión al anarquismo y la institucionalización de otras corrientes del movimiento obrero, proceso que empezó a darse desde el radicalismo en el gobierno, fue restando peso a una corriente que había dado enormes aportes a la clase trabajadora.

Si reconocemos que el análisis que estamos haciendo es también un balance de nuestro 2001, podemos ver que el planteo de la izquierda tradicional lejos estuvo de ser acertado a pesar de haber hablado de socialismo, nacionalización de la banca, del comercio exterior, etc. Tampoco la perspectiva de “quedarse en las calles” de sectores “ultras” a nivel discursivo permitió superar el reflujo de masas provocado por la represión -en especial del Puente Pueyrredón- y la institucionalización construida sobre esa base. La centroizquierda, con todas sus variantes, reconoció el cambio de situación, pero para subordinarse a él, no para encontrar los caminos concretos de radicalización.

Volviendo al eje central y sintetizando, cómo apostar a la rebelión, a las rebeliones realmente existentes hoy, sin identificarlas con movimientos insurreccionales o prerrevolucionarios, sino buscando los caminos concretos que ayudarían a pasar de un momento a otro es la gran cuestión.

Creemos que los procesos en curso muestran este carácter abierto, lo que no significa que las mayores chances de desarrollo sean inevitablemente para la perspectiva revolucionaria. También creemos, y los propios procesos lo muestran, que estamos ante confrontaciones más largas que las que caracterizaron los levantamientos de principios de los 2000 (Argentina, Ecuador, Bolivia, que por lo demás tuvieron importantes diferencias entre sí). Y que a lo largo de ese proceso hay avances y retrocesos. Tenemos que cuidarnos de no hacer lecturas rápidas de esos momentos. Evitando el posibilismo, pero también evitando las conclusiones categóricas de que el proceso se ha “cerrado” sin suficientes elementos. Las fuerzas a favor de cerrar las rebeliones son fuertes. No sólo las diversas variantes político ideológicas de las clases dominantes coinciden en ese objetivo. También hay sectores de peso en el campo popular que apuestan a ese camino. Pero la propia inestabilidad que provoca la crisis capitalista de la envergadura que estamos atravesando, potenciada por la crisis del imperialismo yanqui y la disputa hegemónica, estrechan los márgenes para la clausura de los procesos. Creemos que esa misma inestabilidad general ha hecho que las salidas abiertamente represivas no puedan conseguir el objetivo de la desmovilización. Desde ya, como cualquier situación, no es eterna. En gran medida de cómo se vayan resolviendo estas confrontaciones, de la capacidad de que las rebeliones se traduzcan en procesos duraderos o de las burguesías e imperialismo de desmovilizar y desarticular de forma más permanente, irá cobrando contornos más claros la etapa que hoy estamos viendo emerger.

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