
Lejos de los homenajes de formalidad, en la vereda opuesta de los recordatorios de la España oficial, nuestro recuerdo forma parte de la búsqueda de reapropiarnos de nuestra historia como parte inseparable de la construcción de alternativas para el presente.
«Y los pueblos se salvan por la fuerza que sopla
desde todos sus muertos.»
Miguel Hernández, “Pueblo”; fragmento.
En El hombre acecha; 1939
Se cumplen 90 años del 17 de julio de 1936. Esa madrugada comenzó el alzamiento del ejército. Francisco Franco desde Canarias, Emilio Mola desde Navarra (al norte), Queipo de Llano desde Huelva (al sur) y Sanjurjo desde Portugal se ponen al frente de la contrarrevolución. Son el brazo armado de la España monárquica, católica, de los grandes latifundios. El objetivo es que España siga en manos de unos pocos que disfrutan riquezas generadas por la sangre y el hambre de millones.
Los poderosos de España tenían (y tienen) un extenso historial de crímenes que en Nuestra América conocemos muy bien. Supremacismo. Despojo. Servidumbre. Esclavitud. Saqueo. Por supuesto, todo con el aval de un Dios creado a su imagen y semejanza y defendido mediante sus creaciones de terror: la Santa Inquisición, la Compañía de Jesús o el Opus Dei de acuerdo al siglo de que se trate.
En julio de 1936 gobernaba la II República el Frente Popular. Con algunas consignas básicas, como la libertad a las y los presos políticos, habían confluido allí todas las tendencias políticas, incluso el anarquismo había apoyado más o menos tácitamente. Ese 18 de julio, al concretarse el golpe que todes sabían que se planificaba, el gobierno republicano llamó a la calma a la población, afirmando que la situación está bajo control. Mientras tanto, el bando fascista tenía muy claro el curso de acción. Mola, el ideólogo del golpe, explicita el método de la operación:
“Se tendrá en cuenta que la acción ha de ser en extremo violenta de modo que se reduzca lo antes posible a un enemigo fuerte y bien organizado.”
Pero el pueblo no cedió el lugar que tenía en las calles y en la historia. Conocía de siglos el ejercicio del poder de parte de la elite española. Sabía de la violencia y la brutalidad de los señoritos. Era reciente la dictadura de Primo de Rivera. Más cercana aún estaba la represión del “bienio negro” en contra de las primeras conquistas de la II República. No habían pasado siquiera dos años desde que el ejército al mando de Franco había ahogado la Insurrección de los mineros de Asturias en octubre de 1934. El pueblo no tenía dudas de que la indicación de Mola no era palabrerío, sino una orden operativa de acción.
Conscientes del momento histórico, jornaleros, campesinos, obreras, artesanos, maestras, poetas, se lanzaron a conseguir las armas materiales que permitieran la resistencia. Las organizaciones políticas y sindicales formaron milicias. En alpargatas, con las manos ajadas del trabajo duro, con el hambre sin tiempo, mujeres, hombres, infancias y ancianos, se lanzaron a la lucha.
Los milicianos y milicianas no eran un ejército profesional. No tenían armamento comparable al de sus enemigos. Los golpistas contaban con el involucramiento de lleno de la Alemania Nazi y la Italia fascista, y con la “neutralidad” de las pretendidas “democracias occidentales”. La certeza no era la victoria, la certeza era que en una revolución se triunfa o se muere, si es verdadera. Y lo hicieron cantando. Con el puño el alto. Y con una sonrisa.
Los alzados proyectaban que el golpe iba a durar horas, que la entrada en Madrid demandaría días, a lo sumo semanas. Sin embargo, hicieron falta tres años de intensos combates. ¡No pasarán! Decían las barricadas de Madrid, de Barcelona y otros lugares. Ciudades y pueblos que resistieron bombardeos de la fuerza aérea nazi e italiana. Ataques de todo tipo. El pueblo español escribió varias de las páginas más bellas en este sempiterno enfrentamiento entre opresores y oprimidos. El heroísmo de carne y hueso, de barro y frío, muestra la grandeza de un pueblo que no se rinde sin luchar.
¿Por qué hablar de revolución y no sólo de Guerra Civil? Porque una vez abierta la confrontación, el pueblo no disoció la resistencia del poder. Es verdad, no hubo nadie que tomara el poder central republicano, que quedó como cáscara vacía hasta que el encorsetamiento del proceso en los parámetros de la lucha democrática lo volvió a la vida. Pero el poder del pueblo se expresó los comités de milicias en las zonas liberadas. Sin dilaciones, las fábricas fueron colectivizadas, las tierras ocupadas, las iglesias requisadas y quemadas.
También muchos de los exponentes de la contrarrevolución fueron detenidos y ejecutados. “Hay que condenar la violencia venga de donde venga” nos dicen. ¿Venga de donde venga? “¡Viva la muerte!” Vocifera Millán de Astray. Esa es la bandera de la Falange. Violaciones, torturas y fusilamientos en masa, ese es el método de la contrarrevolución. No, la violencia tiene formas y sentidos muy distintos, opuestos. Un pastor de ovejas que cava trincheras mientras escribe aferrado al sueño de una España justa, no es igual al teniente coronel que fusila a miles (cuatro mil dicen algunos, otros nueve mil) en la plaza de toros de Badajoz. La violencia de quien grita “¡viva la muerte!” no es (ni será) equiparable a la de quienes defienden la vida para todes.
Este homenaje no es para quienes viajan en carrozas en las que flamean banderas de la Corona de la dinastía Borbón. No es para que respiren aliviados de haber dejado atrás el peligro. Es para y por los cientos de miles de muertos que pavimentan con su sangre el camino del supuesto progreso. Porque las luchas que tenemos que librar hoy, no son sólo para las generaciones que vendrán; son, quizás, antes que nada, un acto de justicia por los ancestros y las ancestras masacradas.
Traemos a este 2026 una experiencia revolucionaria que, hay que decirlo también, es mucho menos celebrada y estudiada que otras. Quizás porque no fue triunfante. El tiempo de la revolución y la Guerra Civil tiene enormes continuidades con este tiempo que vivimos. Un tiempo de catástrofes y también de oportunidades. Un tiempo que necesita que nos reapropiemos de nuestra historia, para que podamos plantearnos construir un mundo sin explotación ni opresión y que los enemigos de la vida vuelvan a sentir al verdugo en el umbral.
En estos tiempos oscuros en los que el poder se quita el maquillaje y muestra toda su ferocidad, en estos tiempos de guerra y catástrofe, como a principios del siglo XX, no está de más recordar que si soplan vientos de guerra, soplan también vientos de revolución.

