Estamos en plena etapa de crisis y guerras. La historia nos muestra que, en tiempos de oscuridad, puede alumbrarse lo nuevo. Desde hace un siglo y medio, de las guerras han surgido las revoluciones. Por supuesto, eso sólo ocurre cuando hay una voluntad colectiva organizada para conseguirlo. Sabemos que la paz sólo se conseguirá poniendo fin al sistema que las provoca, al capitalismo. Desde esas coordenadas, varios acontecimientos recientes resultan muy significativos para profundizar el debate.

 

Puntos de partida

El capital nunca ha dejado de practicar la guerra. Desde el siglo XV, las guerras coloniales se han combinado con las guerras civiles por imponer las nuevas relaciones sociales (expropiando a unos, para que otros se apropien) y las guerras entre estados mediante las cuales se definían territorios para el ejercicio del poder. Desde fines del siglo XIX, el desarrollo del capitalismo dio un salto en calidad: el imperialismo. El siglo XX, ese siglo “corto” marcado por la lucha revolucionaria de ofendidxs y humilladxs de todo el planeta, potenció y dio nueva forma a esa práctica guerrerista de parte del capital. Lejos de las visiones globalistas (que reducen la vigencia del imperialismo al período 1870 – 1945), o de las economicistas (que equiparan imperialismo a dominio económico), el imperialismo ha cambiado de formas, pero no ha dejado de existir.

El desarme teórico impuesto por la contrarrevolución impidió que la violencia y la guerra fueran parte no sólo de programas y horizontes, sino incluso que quedaran desdibujados de los análisis. Las guerras del capital no habían dejado de existir, pero la reflexión sobre ellas no estaba en el centro de los debates. Sin embargo, de manera creciente desde 2022 la realidad hizo estallar esa incomprensión por los aires, iluminando el peso que las guerras seguían teniendo.

Nueva etapa por arriba

La guerra del imperialismo occidental contra Rusia en Ucrania expuso un salto en el declive mundial del orden comandado por Estados Unidos. La prepotencia imperial de sumar países a la OTAN con la clara perspectiva de rodear y tener a tiro de honda a Rusia encontró un parate. Hace ya cuatro años que hay guerra en Europa. El declive yanqui es también, y en mayor medida, el declive europeo.

Las sanciones han perjudicado sobre todo a una Unión Europea que no logra salir de la crisis. Las burguesías europeas, sobre todo aquellas expresiones más consustanciadas con el proyecto yanqui de UE, carecen de política autónoma. Así se ve en la compra de gas a Estados Unidos, el aumento de los recursos de la OTAN y el inminente restablecimiento del servicio militar obligatorio.

Los propios Estados Unidos, empantanados en Europa, redoblaron de manera frenética las incursiones en otras partes del planeta. Ese accionar muestra que su capacidad de daño es enorme, pero también que ha perdido la iniciativa histórica. Ha empujado a que la relación entre Rusia y China se estreche. Ha hecho todo para quebrar el vínculo con la UE. Sostiene el proyecto sionista que mediante guerras y genocidios busca redefinir todo el mapa del Levante. En América latina, secuestra en Caracas a Nicolás Maduro y a Cilia Flores, presidente y diputada en ejercicio. La excusa del supuesto “Cartel de los Soles” se cae, pero ambos continúan encarcelados.

Ya son los mandatarios, medios masivos, intelectuales y periodistas del propio sistema los que reconocen que el orden internacional “basado en reglas” ha dejado de existir. Las cínicas palabras de Tucídides resuenan: «Los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben». Lo que vale para la guerra entre estados, se ve con nitidez en las guerras coloniales. El genocidio del pueblo palestino como proyecto imperialista se basa cada vez más en esa premisa. La propaganda sionista e imperialista que decía actuar en defensa de la democracia y los derechos humanos ya no tiene efecto. Lo mismo ocurre con los Estados Unidos que afirma a voz en cuello que la acción en Caracas tiene la finalidad de conseguir el petróleo y dejar fuera de “su patio trasero” a otras potencias.

Trump es la personificación de esta etapa, así como el criminal de guerra Netanyahu. O como Milei lo es de la burguesía dependiente argentina en su patetismo de mal actor.

 

Nueva etapa por abajo

Nuestra caracterización de la guerra en curso como guerra interimperialista pone de relieve esa condición. La guerra económica que gana China o la defensa de las “reglas de mercado” son formas de defender el orden social capitalista. Enemigos a nivel geopolítico, ni la Rusia ni la China actuales expresan la defensa de un horizonte superador. Por supuesto, el enemigo número uno de la humanidad, por la historia y por el presente son los Estados Unidos. Más todavía en América latina. En lugar de atribuirles una conducción emancipatoria que no tienen ni van a tener, la crisis de un orden a través de las guerras entre potencias, crea un espacio y un tiempo posibles para una ruptura revolucionaria al igual que a principios del siglo XIX o del XX.

La militarización es una realidad actual y está muy lejos de ser un fenómeno “externo”. Al igual que durante la llamada “guerra contra el terror”, el aumento del control, la vigilancia, la represión de las movilizaciones y la militarización de la vida cotidiana aumentan dentro de las fronteras. Hay una relación entre guerra entre estados y esa guerra civil (larvada o abierta) que es la lucha de clases.

Todas las garantías del “estado de derecho” y de la democracia representativa, siempre subordinadas a la dominación de clase, ya venían reduciéndose al calor de la crisis. Como alertaba Walter Benjamin, para los vencidos el estado de excepción es la norma. Aun así, esas formas que sostenían con cierta legitimidad la dominación, ya no existen. Genocidio y décadas de contrarrevolución, hicieron creer que a los pueblos que el poder de los poderosos era inconmovible. “Los fuertes hacen lo que pueden”… se traducía como “los fuertes hacen lo que quieren”. Pero no es así, nunca lo fue. La revolución sigue siendo un temor, no porque sea un fantasma fuera de tiempo, sino porque la clase dominante sabe que ese es su límite.  Aquello de que “la humanidad diga basta” es nuestra historia, pero también un camino de salida real y posible de este infierno.

El 7 de octubre de 2023, la operación Diluvio de Al Aqsa mostró la vigencia de la iniciativa popular. La creciente solidaridad internacional de los pueblos con la causa palestina, en contraste con el apoyo al genocidio y el ejercicio de la represión y persecución estatal de los gobiernos a las protestas, revitalizó la movilización.

El atentado terrorista de Estados Unidos contra Venezuela fue contestado con movilizaciones en todo el mundo. La leyenda de que no había habido combate, quedó desmontada a las pocas horas, aún no logramos conocer las bajas del invasor. Una vez más, Cuba estuvo en el frente de los combates. La dignidad y la firmeza de los 32 héroes, que lucharon junto a bolivarianos venezolanos, surge como ejemplo de otra humanidad. Los honores oficiales y populares a los combatientes caídos llenan de indignación frente al imperialismo tanto como de orgullo.

Dentro del corazón imperial, el asesinato a quemarropa de Renee Good por parte de las milicias parapoliciales y fascistas del ICE fue contestado con la justa rabia del pueblo. La represión también tuvo respuesta. La decisión de no dejarse amedrentar, cambió los términos de la ecuación. Cada vez más la noción de guerra civil deja de ser algo que se discute en pequeños núcleos para ser algo que se problematiza socialmente. En ese escenario, reaparecen las Panteras Negras. Recuperan y reivindican una historia de lucha y heroísmo, y la actualizan. “Poder al pueblo” y “derecho a la autodefensa” se convierten en acto. Necesidad de unir las luchas, identificar al enemigo. Todo eso estamos viendo y viviendo. El desafío:  aprender de las luchas en curso para identificar dónde están las oportunidades revolucionarias para hacer saltar el tiempo y asaltar los cielos.

 

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