
En tanto que nosotros les decimos a los obreros: “Vosotros tendréis que pasar por quince, veinte, cincuenta años de guerras civiles y guerras nacionales no meramente para cambiar vuestras condiciones, sino con el fin de cambiaros vosotros mismos y volveros aptos para el poder político.»
Karl Marx, intervención en la sesión del Comité Central de la Liga de los Comunistas, 15 de septiembre de 1850
La emancipación de la clase trabajadora será obra de los trabajadores mismos.
Marx, Estatutos de la Asociación Internacional de los Trabajadores, 1864
¿A quién votar el próximo año? Muchxs compañerxs activistas, luchadorxs de causas sociales en los sindicatos, en los territorios, contra la violencia estatal, contra los femicidios y muchas injusticias más se encuentran hoy debatiendo qué hacer. Lamentablemente, esta pregunta muestra que el debate ha girado a la derecha y hasta la izquierda trotskista se apoya en los canales institucionales y parlamentarios para su propuesta de salida. Hay una realidad: muchxs compañerxs se preguntan efectivamente a quién votar. Pero el desafío no es ofrecerles un candidato, sino aportar a comprender cuáles son las raíces de nuestra situación. Y no lo decimos por principio, lo decimos porque queremos pensar en la situación concreta.
Las últimas elecciones nacionales en Argentina y en el resto de América Latina muestran la injerencia total del imperialismo yanqui a partir de su renovada doctrina Monroe. Trump está decidido a intervenir abiertamente para poner en cada país de América latina su propio títere y recuperar terreno en su patio trasero en momentos de crisis y pérdida de hegemonía planetaria. Luego de perder en la intentona en Irán, se aferra a Nuestramérica. Como se evidencia luego de las elecciones en varios países de nuestro continente, el contexto electoral está marcado por el fraude, las operaciones en redes sociales, la baja participación y abstención, la extorsión económica y las amenazas directas de invasión cuando todo lo demás no funciona. Las elecciones no son verdaderamente libres ni expresan la mentada voluntad popular democrática, -y nunca lo han sido bajo el estado liberal burgués, la democracia de los ricos-.
Mientras el peronismo se quiebra en sus propias internas – lo esperable de un partido burgués en tiempos de crisis capitalista en donde la conciliación de clases no es viable- una parte de la izquierda institucional trotskista plantea, a partir de los resultados de una serie de encuestas de opinión, que la tarea actual es la formación de comités para organizar el “voto a Myriam” en 2027.
Desde nuestra perspectiva, lejos de abonar a la ruptura del orden social vigente, esta política busca rescatar el imaginario de la gran masa de la población que piensa que “poniendo bien el voto” va a resolver efectivamente algo. Abona a la delegación en otrxs para resolver el problema y no a la participación. Claramente, ante la crisis del régimen político y social que atravesamos, la respuesta no sólo no está en las urnas, sino que proponerlo es llevar a nuestra clase a un nuevo fracaso.
Por otro lado, las consecuencias de la disputa electoralista, acomodaticia a lo que suponemos que “la gente busca” (medido en una encuesta marketinera) trae problemas concretos para nuestra clase y para el movimiento revolucionario que hay que reconstruir. La disputa electoral del año que viene entorpece la construcción de organización real hoy, porque introduce divisiones en la propia clase, divisiones externas a los problemas concretos de la lucha de clases imponiendo debates en los sindicatos y lugares de trabajo que lejos están de los problemas reales que afrontamos lxs trabajadores en la actualidad. Sobre todo, cuando ni entre los partidos que apoyan esa candidatura se ponen de acuerdo y piden a otrxs activistas que sigan a cada uno de ellos. Esto genera rechazo de parte de compañerxs valiosxs hacia cualquier cosa que se entienda como “izquierda”.
Uno de los problemas principales que tenemos es la falta de horizonte. Frente a la cruda realidad, la posibilidad cierta de construir una alternativa al actual sistema no está a la vista para la mayor parte de nuestro pueblo. De allí que desde hace décadas se venga optando por “el mal menor”. Frente a la debacle de los “progresismos y reformismos”, las “ultraderechas” se encumbran en buena parte de los gobiernos de América Latina.
Si partimos de ese diagnóstico, vemos que hay dos objetivos fundamentales que conllevan tareas específicas en cada lugar de trabajo, sindicato, etc. Una es la politización. Hacer ver en cada conflicto, en cada injusticia, las causas profundas de nuestros problemas, identificar al enemigo de clase y entender que necesitamos otro orden social para resolverlos. No uno mejorado; uno diferente, uno socialista. ¿Cómo hacer que cada lucha cotidiana pueda ser explicada a la luz de comprender el capitalismo y su funcionamiento? ¿Cómo recuperar el enamoramiento por ese nuevo orden social superador del capitalismo? Si en los sindicatos sólo debatimos salario, condiciones laborales en clave de reclamo porque “es un derecho” y no profundizamos nuestra condición de clase expropiada, explotada y oprimida, no politizamos. Si no debatimos colectivamente en esos lugares cuál es la sociedad en la que queremos vivir, qué tenemos que hacer los docentes, intelectuales, artistas, obreros industriales, trabajadores del campo para construir esa otra sociedad, no politizamos.
Pero esa politización no es meramente para comprender, sino un paso necesario para organizarse. Y esto es lo segundo importante que los debates electoralistas y divisionistas no permiten construir. Los espacios de masas, como los sindicatos, las asambleas o cualquier lugar organizativo tienen que ser los semilleros de la fuerza social revolucionaria que pueda generar un cambio en la correlación de fuerzas. Es preciso acumular numérica e ideológicamente. Para eso, lxs trabajadorxs deben ser protagonistas de las luchas, organizarlas, plantearse objetivos, tareas y cumplirlas. Equivocarse, autocriticarse y continuar. La fuerza social revolucionaria que necesitamos no es la masa dentro de un solo partido preexistente, es mucho más que eso. El partido de la clase es la consecuencia de esa fuerza cuando adquiere niveles programáticos y capacidad de daño más elevados.
El supuesto apoyo a Myriam, avalado por encuestas de la propia burguesía, no implica necesariamente un salto en términos de conciencia y organización real de la clase: es allí donde deberíamos poner la mirada, el esfuerzo y el trabajo cotidiano. ¿Qué fuerza social de masas podría sostener un futuro gobierno obrero y popular que se enuncia? ¿Qué experiencia democrática de masas se le propone a la clase trabajadora cuando el punto es votar un candidato y la propuesta armar un comité de apoyo a una figura política? La construcción de organización en clave de fuerza social revolucionaria requiere anteponer las necesidades de la clase por sobre las necesidades de un partido. Sólo cuando podamos empezar a ganar luchas y a torcer la relación de fuerzas de verdad, la clase podrá ir viendo que la confrontación es posible, necesaria, e inevitable, si queremos efectivamente cambiar el sistema de raíz.
La propuesta de comités por Myriam (“unitarios” o no) son una respuesta política a una pregunta equivocada. No sólo generan más niveles de interna en el FIT-U, lo que sería una cuestión en la que no nos corresponde meternos, sino que introduce divisiones en nuestra clase. Nosotros no somos antielectoralistas por principio, pero presentar candidatos en el orden burgués sólo es concebible si eso es resultado de una organización real, que puede ser local, y esa candidatura impulsa una conciencia socialista en las masas. Podría ser un medio, nunca un fin y eso debe ser claro para las masas también. Concebir lo electoral realmente como un terreno táctico, y no el central, significaría plantear esa instancia como momento de la lucha por el poder. Es decir, proponer a la clase que se prepare para luchas largas y cruentas. Porque si se diera el escenario, poco probable, de un triunfo electoral de la izquierda habría que enfrentar con solvencia la lucha que más temprano que tarde daría la clase dominante haciendo uso de las fuerzas represivas (¿cómo se enfrenta de manera revolucionaria un acuartelamiento de la policía), del poder económico (¿cómo se responde al aumento de precios, al desabastecimiento, al lockout, a la fuga de capitales, a las imposiciones del FMI y otros organismos internacionales?), de los medios de comunicación, del poder judicial.
Proponer que “la salida es Myriam” recae en lo más burdo del personalismo, pero además alimenta el pensamiento mágico de que un resultado electoral cambiará la realidad.
Largos debates y experiencias históricas nutren a las izquierdas del mundo y de Nuestramérica. Desde las intervenciones militares del siglo XX ante gobiernos que levantaban demandas populares, la experiencia de la Unidad Popular en Chile a principios de los ’70, hasta las experiencias más recientes en Venezuela o en Bolivia, en donde llegó a hacerse un fetichismo de las urnas asumiendo que se ganarían todas las elecciones, llegando al presente en que el carácter democrático del sufragio es cuestionado por la elite de la burguesía mundial, exigen que una propuesta que habla de revolución y anticapitalismo no sólo enuncie consignas sino que organice y enseñe a organizar la fuerza. Porque no debería ser novedad para nadie que, si de verdad el poder del capital y el imperialismo es cuestionado, la confrontación se dará en forma directa, en el terreno político – militar.
La construcción de un partido de la clase es aún una deuda. Pero será el resultado de la organización y la lucha, a partir de ganar en correlación de fuerzas contra nuestro enemigo de clase, para imponerle a la burguesía un cambio de etapa. Para salir de la resistencia en la que nos pone la contrarrevolución, y pasar a la ofensiva, es imprescindible construir una fuerza de masas en clave revolucionaria. Eso será a partir de experiencia de lucha unitaria, guerras y organización cada vez más apta para el poder. En principio, sin tener en cuenta eso, cualquier propuesta será puro espontaneísmo y voluntarismo. Politizar a las masas, construir organización en unidad y partir de las necesidades colectivas son coordenadas necesarias para no perdernos en el mar de la confusión.


