No podemos respirar: crímenes raciales en EEUU

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Mientras se escribe esta nota, miles salen a la calles de Minneápolis, Estado de Minnesotta, por la muerte de George Floyd, un afroamericano asesinado por un oficial de policía blanco el pasado 25 de mayo.

Las imágenes viralizadas no dejan lugar a duda: Floyd está en el piso, junto al móvil, completamente inmovilizado. Un oficial presiona su cuello con la rodilla durante casi diez minutos y le impide respirar. Otro oficial, cómplice, lo cubre frente a un testigo que filma lo que sucede y que le pide que lo libere. Floyd dice que no puede respirar, luego se desmaya. Sin reanimarlo, remueven su cuerpo inconsciente. La sentencia de muerte por su color de piel ya ha sido ejecutada.

En Estados Unidos, más de 1.000 afroamericanxs mueren producto de la represión racista de las fuerzas policiales cada año y más de 50.000 son heridos/as. Junto con la población latina, son quienes más sufren la violencia permanente de un sistema policial, político y económico racista desde sus orígenes. El historial de crímenes raciales que han despertado importante reclamos populares es extenso solo en los últimos años. Por ejemplo, el movimiento Black Lives Matter inició en 2014 y dio lugar a numerosas protestas en varias partes del país. Ese año, dos casos trágicamente célebres impulsaron a miles a las calles: Michael Brown, en Missouri y Eric Garner, en New York.

Los periódicos y las redes sociales muestran la central de policía de Minneápolis en llamas. Es la venganza justa, pero insuficiente de lxs desposeídxs, lxs segregadxs, los/as precarizadxs. Por las redes sociales, un presidente bravucón dice: «cuando empiecen los saqueos, comenzará el tiroteo». Hay que creerle, porque Trump tiene un historial de odio que viene de lejos. En los años noventa, cuando cinco jóvenes afroamericanos fueron injustamente acusados por violar a una mujer en el Central Park de New York, este personaje nefasto recorrió todos los medios del país pidiendo pena de muerte. Finalmente se demostró la inocencia de los cinco y la trama judicial y policial para inculpar y condenar a los jóvenes.

El grito que se esparció por las calles en desde 2014 es «We can’t breathe» (No puedo respirar). Fueron las últimas palabras de Eric Garner mientras era asfixiado en plena calle de New York. Con George Floyd sucedió lo mismo. Verdaderamente, no solo las fuerzas policiales sino también toda una sociedad construida sobre la desigualdad y racialización de afroamericanxs y latinxs es irrespirable para millones.

Quiénes tienen los trabajos más precarios, los índices más altos de falta de acceso a la salud, quiénes son lxs más afectadxs -precisamente por sus condiciones de vida- por la pandemia de coronavirus que asola el país; quiénes son lxs más perseguidxs, arrestadxs y fusiladxs por su condición étnica. En todos los casos la respuesta es la misma: afroamericanxs y latinxs.

Es imprescindible denunciar y combatir estos crímenes de odio que encuentran eco, bajo diversas formas, en todas las latitudes. Un sistema social que sospecha y condena muerte por el color de piel, el género, la religión y la clase social no merece más que nuestro odio y toda la fuerza y organización para que sea reducido a ruinas. Esa es la tarea.

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