El viernes 2 y el lunes 5 pasados, los índices bursátiles de Dow Jones y Nasdaq sufrieron un fuerte cimbronazo cayendo el primero un 4,6% y arrastrando consigo a las bolsas asiáticas en las jornadas siguientes. Se trató de la mayor caída porcentual desde 2011 y del derrumbe más abrupto en un solo día en la historia de Wall Street. Una de las expresiones más claras fue la caída de la criptomoneda Bitcoin que cayó más de un 20 por ciento en una sola jornada.

El resto de la semana, las operaciones se fueron normalizando y registraron un repunte relativo. De acuerdo a los analistas, el valor de las acciones vuelve a posicionarse cerca de donde se encontraban el año pasado antes que comenzara un nuevo ciclo especulativo (el Bitcoin había pasado de 6 mil a 17 mil dólares, aproximadamente). En ese sentido, advierten que no habría mayores razones para alertarse, respaldados a su vez por los índices de crecimiento que arroja la economía norteamericana. Esto es relativo, por supuesto, considerando que una de las grandes expectativas de ese crecimiento es un plan de obras e infraestructura prometido por el gobierno que no ha presentado ni siquiera aún para su tratamiento en el Capitolio (donde tampoco pudo aprobar aún el  presupuesto),mientras la deuda pública asciende ya a 21 mil billones de dólares.

Los motivos de fondo y sus alcances

¿Pero cuáles han sido los motivos de fondo de esta caída y que implicancias tienen en el largo plazo? El derrumbe del viernes y lunes pasados fue adjudicado al aumento de salarios de la clase trabajadora norteamericana que subirán un 2,7%. El incremento salarial fue financiado con una transferencia desde el estado gracias a la reforma tributaria de Trump que ahorró cientos de millones en beneficios para las empresas. Sin embargo, el aumento de salarios para la clase trabajadora y el aumento del consumo son, contradictoriamente, una mala noticia para el capitalismo: que la clase trabajadora tenga un mayor poder adquisitivo se tradujo en un aumento de las expectativas inflacionarias. Frente a eso, se espera que la Reserva Federal (Fed) refuerce la tendencia a la suba de tasas de intereses para contener el aumento de precios. El lunes asumió el nuevo titular de la autoridad monetaria norteamericana, Jerome Powell, un multimillonario que tendrá una política más agresiva que sus antecesores.

En este escenario, los países oprimidos serán quienes más sufrirán los coletazos de un aumento de las tasas de interés de la FED ya que limitará el acceso al crédito enormemente. Para el gobierno de Cambiemos, el panorama no podría ser más desalentador. Ya en 2017, la agencia Standard & Poors había ubicado a la Argentina entre los países más volátiles y más expuestos a un nuevo desenlace de la crisis financiera internacional. Ahora, el aumento de la FED empalma con una crisis de gabinete entre el presidente del Banco Central y la primera línea de gobierno por la baja de las tasas de interés para apuntalar el crecimiento a riesgo de incumplir nuevamente con las metas de inflación.

Las tan mentadas inversiones que el macrismo viene intentando afanosamente conseguir parecen haberse desvanecido como un castillo de arena. Un dato fue que las empresas Central Puerto y Corporación América hicieron su desembarco en Wall Street en busca de financiamiento con resultados muy por detrás de lo esperado en el valor de las acciones, lo que llevó a “evaluar a otras firmas si salen después del traspié” (El Cronista Comercial, 5/2).

El aumento de las tasas afectará también el financiamiento de nuevos préstamos de deuda externa, de por sí en niveles cada vez más asfixiantes. En enero el gobierno ya colocó 9 mil millones de dólares en bonos y ha dicho que necesita al menos 21 mil más para poder financiar las necesidades de este año.

A pesar del respaldo sin fisuras del imperialismo y la burguesía, la situación internacional no le da condiciones para desenvolver su plan neoliberal al gobierno de Cambiemos, por el contrario, empieza a chocar y a quedarse sin plan B en un contexto donde habrá, sin duda, nuevos coletazos.

 

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